Showing posts with label Experiencias. Show all posts
Showing posts with label Experiencias. Show all posts

Saturday, 29 March 2008

Bilbao 08

Foticos (de alto contenido impersonal, por cierto) del viaje a Bilbao. Todas del maestro Isi, por ahora, pero espero robar también las de Natan.

Actualización (30 de marzo): ya he incluido las fotos de Natan, están a partir del segundo collage.

Thursday, 27 March 2008

Bilbao pasado por agua

Diez cosas que he aprendido en Bilbao: (1) No es sano caminar bajo la lluvia tres días seguidos; (2) Josep Lobató (Money, money y Ponte a prueba) está más salido que el hombre del Martini; (3) Maite sólo trabaja los lunes; (4) Pajero vive y camina solo bajo la lluvia; (5) La exposición permanente del Guggenheim prrrfff...; (6) Raquel Revuelta no será la persona más culta de España, pero tiene su punto; (7) Piticli no está dormido; (8) Albergue Aterpetxea no aporta información real (TCM calle kalea); (9) Isidoro, invítanos al Tuenti; (10) y por supuesto y más importante, ya no vivo solo.

Foto de Kelebeth (Natan).

Sunday, 18 November 2007

El deseo hecho humo

Escribí este texto tras la Semana Santa de 2005, cuando todavía no era real el debate sobre el consumo de tabaco en establecimientos públicos.

Hace unos días, cuando estaba disfrutando en un céntrico bar pamplonés de estas vacaciones primaverales observé a un tipo que se acercó a la máquina de tabaco. Introdujo un par de euros o tres, que no es poco, y pulsó el botoncito de no sé qué marca de tabaco. La cajetilla no salía, el hombre esperó, pulsó de nuevo el botón, volvió a esperar sin resultado, dio un pasito atrás... Pues no, señor, que no le da la gana de salir a la dichosa cajetilla. Entonces el tipo renunció al tabaco y pulsó el botón de devolución. Esperó como antes, pero nada, oye, que no está la máquina para coñas marineras hoy. Miró a la camarera, volvió a darle al botoncito de devolución, nuevo paso atrás. Sinceramente, el hombre estaba muy preocupado, mirando a la camarera para ver si le hacía caso, pero ésta no se enteraba.

Yo observaba la situación tranquilamente desde una mesa junto a la ventana, la tarde estaba nublada, de hecho cuando salí del bar comenzó a llover furiosamente, como reprochándome no haber ayudado a aquel fumador cuyos deseos de fumar se habían hecho humo. Bueno, como decía, yo estaba mirando la escena con media sonrisa dibujada en la cara pensando que al hombre le apetecía fumar, pero, que quizá al tabaco no le apetecía ser fumado, que todo puede ser.

Al final el tipo decidió reclamar a la camarera, no llegué a escuchar lo que le decía, pero debió de ser algo así: "Oiga, la máquina de tabaco no funciona y no me devuelve el dinero". La muchacha, encantadora por cierto, salió de la barra y obligó a la máquina a devolver la pasta al tipo, pero se quedó sin fumar, lo que agradecí, pues aunque el lugar es grande ya estaba suficientemente repleto de humo. Pero eso a la mayoría les da igual, no se dan cuenta que los que no fumamos nos tenemos que tragar el humo que ellos generan. No merece la pena recordarles los millones de personas que mueren anualmente en todo el mundo por enfermedades derivadas del consumo de tabaco. Les da igual, es como si no fuera con ellos. Por estas razones me parece un tanto vana la campaña de poner esas esquelas en las cajetillas de tabaco, pues a la mayoría de la gente, entre las que me incluyo, nos causa cierta risa malévola. Parecen amenazas.

Solo pido que las máquinas de tabaco fallen con más frecuencia, que sufran un poco los fumadores, al menos como sufren los que tragan su humo en cualquier bar o al cruzarse con ellos por la calle.

Sunday, 11 November 2007

Un sevillano en Florencia

Italia bella. Llevábamos ya más de una semana de viaje por Italia. Habíamos visitado Génova, Sicilia, Pompeya, Nápoles y otras ciudades antes de llegar a Florencia. Dormíamos en el Camping Michelangelo, junto a una plaza con ese mismo nombre donde hay una copia de El David de Miguel Ángel. Nos quedamos allí dos días y medio con sus dos noches.

La primera mañana bajamos a Florencia, digo bajamos porque el camping estaba en una pequeña colina. Anduvimos sin rumbo aparente, pero bien estudiado, guiados por Mozúm, un páter al borde de la jubilación con energía para dejarnos atrás a todos sus alumnos. ¡Qué bonito!, vimos la Galería de la Academia, el Ponte Vecchio con sus innumerables joyerías sobre el río Arno y no sé cuántas cosas más. La tarde transcurrió igual, o parecido, y compré un librillo sobre las principales ciudades de Italia como recuerdo para mis padres. La noche fue, por el contrario, tranquila. Unos chicos intentaron convencerme de que fuera con ellos a alguna discoteca, a la que por supuesto no nos habría dejado entrar con nuestros resplandecientes dieciséis años. Yo lo pensé lentamente: "Vamos a ver, como te lo explico, llevo diez días levantándome a las siete para andar después de un rato caminando y otro a pie visitando iglesias, plazas, fuentes... Tío, déjame descansar un rato y pírate tú si quieres". Eso es lo que pensé, pero se lo dije amablemente.

La verdad es que el camping no ofrecía muchas posibilidades, pero casualmente echaban por la tele un España Italia, en serio. No recuerdo lo que pasó, creo que perdió España, pero bueno, ya se sabe, España unas veces pierde, otras empata y otras, bueno, la excepción que confirma. Después paseé un rato por el lugar mientras oía el estruendo de la música de Dream Theater, que estaba tocando esa noche en la plaza Michelangelo. Había jugando al futbolín unos chiquillos que habían puesto unos papeles en las porterías de tal forma que la bola no entraba. Fue entonces cuando otros de mi grupo y yo conocimos al Sevillano. Lo llamaré así porque no sé su nombre, aunque seguro que me lo dijo. Tenía un año más que nosotros. Era un tipo muy simpático, casi como el estereotipo de sevillano que tiene la mayoría de la gente en la testa. Solo tenía un fallo sevillanamente hablando, a saber: no parecía gustarle mucho la fiesta. Estaba de vacaciones con su familia y tenía una bici, ¡ozú!, ¡qué bici nene!. Nos explicó que lo que nos gastábamos nosotros en alcohol ─ésto lo dijo por las botellas que llevaban algunas en concreto─, él se lo gastaba en su bicicleta. Frenos de disco, amortiguadores, cuadro no sé qué y ruedas no sé cuántos, ¡la Virgen qué bici!

El tipo sevillano era ciertamente un poco extraño, no sé, una especie de Emilio, el de El guitarrista, muy callado pero alerta, atento a todo. Poco a poco, mis amigos se fueron marchando a dormir y finalmente me quedé hablando yo solo con él. Me contó que sabía hacer muchas cosas con la bici e incluso me hizo alguna exhibición.

─ Quillo, ¿dónde has aprendido eso?─ le decía con acento y todo, pues no en vano uno tiene ascendencia andalusí y se pasa por Jaén al menos una vez al año. Él me respondió que en la calle, como todos, y añadió para asombrarme o solo por humildad que de sus amigos él era el que menos virguerías hacía.

─¡Dios! ¡Mierda!, oye tío, me dejas la bici un poquillo que se me ha debido de olvidar la cartera donde los cahavalines del futbolín.

Accedió más fácilmente de lo que yo me imaginaba. La cogí, corrí y... ¡zas! Tengo excusa, era de noche y estaba agobiado por si se me habría perdido la cartera. Qué zarpazo. Todavía ahora me he mirado el hombro con angustia, me hice un rasponazo de película. Así, fui a por la cartera, no antes de comprobar que la bici estaba en perfecto estado, como no podía ser de otra forma, me lo había comido todo yo. No le comenté el accidente, y no sé si él lo sabía y se lo callaba. Aquella situación me recordaba extrañamente a las escenas en que Emilio daba parte a Don Osorio de cómo iban las clases de guitarra con Adriana. Ambos sabían lo que pasaba, pero ninguno decía nada. Ahora él era el ogro y yo el inocente Emilio. Aunque también puede ser que el Sevillano no supiera nada y yo me estaba imaginando aquello producto de la vergüenza y del cansancio.

Después nos despedimos. No sabía si lo iba a volver a ver, pero desde luego la despedida no fue nada excesiva, un hasta luego por su parte y una adiós, que te vaya bien por la mía. Fue unos días más tarde cuando reconocí que debía haberle pedido el número de móvil o el correo, pero bueno, ya no lo volví a ver y probablemente no volveré a verlo. Como diría Emilio, esa era una de esas vidas que se entrecruzan con la tuya un momento y que luego desaparecen por completo. El día siguiente fue muy aburrido: sin fútbol, sin música, sin sevillano, sin magia...