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Saturday, 8 December 2007

Amor siamés (y IX)

Las pesadillas se suceden, tiene miedo a dormir, tiene miedo a encender el televisor, tiene miedo a contestar al teléfono y tiene miedo a abrir el buzón y recoger la correspondencia. La suerte está echada. Cada vez muere más gente del bando del amado. Hoy le duele especialmente el corazón.

Él observa la llegada de un soldado enemigo. Sabe lo que viene después. Los van asesinando uno a uno y ahora le toca a Él. Nada que hacer. Lágrimas. Ella siente la escena a miles de kilómetros, casi como si estuviera allí. No podrá olvidar esta fecha.

Llamada telefónica: «Dígame». La espera ha terminado, y la agonía. El amado ha muerto, la misión de rescate falló. Los que podían salvarlo fallaron. El perro está mejor, no tenía nada grave. No quedan lágrimas en sus ojos. No puede gritar. Cuelga. El encuentro utópico, las oraciones, las fantasías en el aire, nada, todo ha fallado. La espera eterna del que nunca retornará. El sol no correspondió como debía a la sonrisa de una amante esperanzada. Jamás le dedicará otra sonrisa. Se toma un flan y reza por su alma, a pesar de todo. No quiere vivir, pero no quiere abandonar la vida que le dio y quitó todo, que le dio y quitó a Él. Vivían en una cápsula. Él tenía la llave, pero la llevó consigo y ya no podrá salir. Finalmente se acostó y murió en la cama treinta años después, de artrosis en el alma. La ropa seguía en el suelo y los cubiertos y el trozo de flan del amado sobre la mesa. Sus nombres no importan. La historia se repite.

Wednesday, 5 December 2007

Amor siamés (VIII)

El cielo está nublado. Va a comprar un par de cosas. No tiene amigos, se apoyaban mutuamente y ahora los dos han caído. La simbiosis se ha roto. Ve a una pareja de ancianos paseando de la mano. No hablan, cada uno piensa en lo suyo, pero se quieren y se tienen, al fin y al cabo.

Cuando llega a casa saluda a una vecina. Le gustaría hablar con ella, contarle sus temores, pero seguramente ni siquiera le importen. Escribe una carta al amado, una carta que Él debería leer en su regreso. Le cuenta todos sus pensamientos, sus temores, su soledad. En realidad, más que para que Él la lea, la escribe para desahogarse, para no explotar en el momento final.

Él escribe otra carta. Se complementan. Conoce su destino, de modo que es una carta de despedida. Sabe que no la leerá, pero... la escribe para desahogarse, como ella.

Ya no ondean estrellas y bandas, que junto a la esperanza de los amados caen ineludiblemente sobre las húmedas, ásperas y finísimas arenas movedizas orientales.

El no está bien, apenas come y bebe. Solo piensa en Ella. No tiene nada más que hacer que alimentar su deseo de verla, de escucharla, de olerla, de probarla, de unirse a Ella.

El perro está enfermo, mañana lo llevará al veterinario, a Él si lo puede salvar. ¿Quién puede salvar a su amado?

No le apetece recoger la ropa y ésta se amontona junto con los platos sucios en el hogar que los vio construir un amor sincero, basado en la libertad y el respeto. Tiene frío, Él la hubiera calentado, la hubiera arropado y le hubiera susurrado algo bonito al oído. En la calle, una gélida brisa infernal acaba con serafines y querubines.

Sunday, 2 December 2007

Amor siamés (VII)

Se arregla, se maquilla, estrena falda y botas. Hoy va a salir, hoy paréntesis, hoy revolución. Quiere vivir y dibujar con silbidos fantasías en el aire. Lleva mucho tiempo encerrada en las cuatro paredes que vieron partir al amado hacia aquella olla a presión. Va a manifestarse contra la guerra que la intenta hundir, contra la guerra que arrestó a su amado. Contra la guerra que apagará su fulgor transformado ya en ascuas. Hoy no fumará tabaco. Vuelve a casa pero de nuevo recuerda melancólica esas noches en casa, con Él.

Observa un álbum de fotos. Lágrimas. Cena en silencio, con la mirada perdida. Mira por la ventana, el cielo azul deja ver la silueta de la luna. ¿Seguirá aguantando la bandera? ¿Seguirá aguantando el amado? ¿O quizá se haya podrido? ¿O quizá... o quizá...? Espera una nueva carta, la definitiva. Blanco o negro. Cara o cruz.

Él está todavía vivo, pero Ella no lo sabe. La recuerda, la añora, añora sus abrazos, sus caricias, su olor, su voz, su mirada, sus besos. No está solo. No están solos, en la puerta ronda un guardia sin compasión. No lo comprenden, no hablan su lengua. No saben que quiere, si es que quiere algo. Le gustaría poder llamarla y despedirse. Cree que no verá de nuevo el Sol, ni la Luna, ni a Ella.

Friday, 30 November 2007

Amor siamés (VI)

Al fin llega una carta, una carta del Gobierno. Ya casi no tiene esperanza, por qué le iban a mandar una carta. Las cartas oficiales siempre traen desgracias. La mira, no le quita ojo. Pero no quiere abrirla. Imagina el mensaje. Nunca fue optimista, de modo que prefiere esperar y aclarar sus ideas. Pasa el tiempo, de nuevo lentamente, un caracol en busca de hierba fresca. El caracol es Ella, la hierba fresca la buena noticia. ¿Y el sobre? ¿Qué representará? Por fin la va a abrir, de noche, echada en la cama, la chimenea encendida. Fuego. La madera suda en la hoguera. Ella también. Abre el sobre, extrae la carta, comienza a leer.

Llora, una nueva etapa.

No está muerto. Sigue vivo, pero no coleando, sigue el intenso amor. El rencor no es liviano, lo tienen prisionero. Han arrestado a muchos compatriotas, los liberarán a cambio de lo imposible. Solo puede confiar en la bondad nula de los oprimidos por occidente, por el egoísmo.

Llama a un número telefónico que facilitaba el comunicado. Contesta una voz dulce de mujer: «¿Qué desea?». Desea recuperar a su amado. No le dan información alguna, no la ayudan, no la apoyan, no la comprenden. No aman. Sabe que está vivo, y sin embargo, hay pocas posibilidades de que cuando lo vuelva a ver compartan un flan como antes.

Tuesday, 27 November 2007

Amor siamés (V)

Habían pasado varios meses, largos meses de invierno, de frío. Sin calor humano. Pero al fin ha llegado la buena nueva. Muchos soldados van a regresar a casa. Ahora tiene la esperanza de que haya sobrevivido. Pero quizá no. No sabe qué hacer, no sabe a quién acudir, a quién llamar. Se para a pensar, imagina un hipotético encuentro, un utópico encuentro:

Él llegaría a lo lejos cabizbajo, con una maleta en la mano izquierda y vestido de oscuro. Ella lo esperaría en la puerta, junto al perro y a las plantas marchitas. El cielo claro y los árboles en flor. Los pájaros ausentes. Silencio, aislamiento. Nadie más pasea, solo ambos, que son el centro de atención. Ambos lloran, ambos se miran. Él sigue andando, pero nunca llega. Incluso cada vez parece más lejano. El reencuentro es imposible y el sueño torna en pesadilla y Ella llora y las lágrimas se deslizan sobre su piel y hacen ruido al impactar con el suelo... Un ruido leve pero ensordecedor.

Suena el teléfono. Contesta. Habla una mujer que pregunta por el amado. Responde que no está y la mujer quiere saber si lo puede llamar en otro momento. Entonces las lágrimas se multiplican y suelta el teléfono. Cuelga y sigue llorando. Una llamada inoportuna. Debía haber sido la de la buena noticia, pero ésta, como el amado en la pesadilla, se encuentra cada vez más lejos.

Sunday, 25 November 2007

Amor siamés (IV)

Finalmente duerme a gusto. En su sueño está con Él, junto a Él, en torno a Él, enlazada a Él... Disfrutan, se aman. No quieren separarse. Es el equilibrio, realmente tan lejos y emocionalmente inseparables. Despierta y evoca el sueño, lo anota para no olvidar. Piensa qué estará haciendo, qué estará pensando, si estará pensando en Ella. O quizá esté muerto, asesinado por un palmo de texto en los futuros libros de historia. La historia no importa para Ella, sólo él. Ausente. Enciende el televisor, que la embelesa. Imagina cómo funcionará.

Sólo quiere olvidar el dolor. Dan una noticia de la guerra, está ganando el frente del amado. Está ganando, pero qué más da eso si una bala perdida lo atraviesa y se lleva su vida, su alma, su placer más profundo. No hay remedio, hay mucha muerte y seguro que le tocará a Él. Mira por la ventana. El viento corre, mueve las hojas de los árboles, que caen al suelo, que abandonan el árbol para no volver a unirse a él. Las nubes también corren, se van. Va a salir el sol, un sol tímido, un sol que augura una buena noticia a quien le corresponda con una sonrisa. Ella, por primera vez, sonríe. El sol corresponderá agradecido. El tiempo recupera su ritmo.

Friday, 23 November 2007

Amor siamés (III)

Sale de casa para dar un paseo. No sabe nada de Él, sólo que marchó a la guerra. No sabe dónde está. Si no lo matan matará; seguro que matará; seguro que morirá. Guerra, sangre, terror, sangre, guerra. Los faroles iluminan la calle, pero a Ella no la ilumina nadie. No cree en Dios. No cree nada, está vencida. Se cruza con un joven e imagina cómo será su vida. No tan triste como la suya, pero eso no importa.

Las hojas crujen en el suelo, los árboles parecen muertos. Se avecina un chubasco. Los pájaros no cantan, Ella es el corifeo. No quiere que canten. Quiere que pase el tiempo. No quiere morir, pero vivirá condenada por la vehemencia del amor, por la falta de calor. Hace frío. Llega a casa: el perro, las plantas, el flan, la chimenea. Se acuesta y cierra los ojos. Le gustaría ser arropada, esta noche soñará con el amado. Soñará que vuelve vivo, con liviano rencor, y coleando, con intenso amor.

Thursday, 22 November 2007

Amor siamés (II)

Triste despedida y amorosa. Ella llora, Él la consuela, comparten un único sentimiento. Muchacho alejándose, sorteando al fingido moribundo perro normal. Los ojos rojos de ambos fijos en los del otro. El cielo oscuro, como antes, pero más amenazante. El coche aparcado cerca de allí.

Él se aleja cabizbajo, las manos en los bolsillos. Sudoroso. El viento que acaricia su faz seca las lágrimas que manan de sus ojos y fluyen sobre sus mejillas encendidas. Abre el coche, mira hacia la casita, halla de nuevo sus ojos. De nuevo brotan las lágrimas. Entra y arranca, le tiemblan las manos mientras mira los retrovisores. Tiene que esperar, se acerca un camión. Por fin se va. Vuelve por última vez la vista y por última vez ve los ojos, deduce el pensamiento, adivina las lágrimas.

Ella no lo había dejado de mirar, de admirar. Está hundida, no puede gritar el último adiós. Sudorosa. Ahora está sola. Entra en casa y nota la presencia del amado. Pone la tele pero nada puede hacer. Comienza la espera eterna del que nunca retornará.

Tuesday, 20 November 2007

Amor siamés (I)

¡Qué imagen! La tarde oscura, pero no lluviosa. La fila de casitas blancas perdiéndose en el inabordable horizonte. En la casa última Ella y Él llegando a la puerta. Pasan la reja verde, un tanto oxidada. En el patio, cuatro plantas lacias y un rincón de tierra sin plantar. Un perro haciéndose el muerto, un perro pardo, un perro grande, un perro noble, un perro en definitiva.

Toda avanza muy lentamente. La puerta actuaba de vórtice entre el frío otoñal, entre las hojas chamuscadas y el calor y acogimiento de la lumbre en el umbrático hogar de los amados. En la mesa de madera de la cocina un flan por terminar y cubiertos usados, todo visible bajo una sugerente luz amarilla. En el suelo, ropa. Hablan, se miran, sonríen, se miran, hablan.

Ella es una chica normal, normal en todos los aspectos, aburrida en este sentido, no especialmente bella, normal. Él es un chico normal, normal en todos los aspectos... menos uno, a saber. Todo sigue muy lento.