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Tuesday, 31 March 2009

Día 15 - la triste historia del poema de amor que se convirtió en poema de olvido y se olvidó de sí mismo al alba

javier se encontraba escribiendo la última de la última del último verso de un poema de amor, quizá el mejor que había escrito nunca, cuando le sorprendiste al alba, como si fueras la propia alba cuando solo eres la luz dañina del alba. te colaste por esas rendijas que tienen algunas persianas sin pedir permiso en la habitación que fue tuya, que ahora no, y comenzaste a revolverlo todo. no le importó a javier cuando desordenaste su ropa. más. no le importó que deshicieras la cama que había hecho la mañana anterior pero no había ocupado esa noche porque la pasó en vela escribiendo su, quizá, mejor poema de amor. no le importó que hurgaras en los cajones donde todavía guardaba en su sobre alguna carta tuya que le escribiste cuando la habitación era tuya.

entonces sólo le importaba el poema que tenía delante; podía haber bajado al máximo la persiana en un momento y haberse librado de ti con ello. pero es que entonces sólo le importaba el poema. de amor. ¿por qué no dejarte hacer cuanto quisieras, del mismo modo que se concede una última voluntad al condenado a muerte? si es que no existía ese porqué, no tardaste en inventarlo: revuelta toda la habitación que fue tuya reparaste en el poema de amor que sólo era suyo. de ella.

con tu luz dañina fuiste iluminándolo: las letras comenzaron a temblar. unas se convirtieron en otras, siempre más feas: el amor en dolor cuando el primer palo de la eme se subió al extremo derecho de la a y el palo derecho se estiró tanto que se separó y se convirtió en ele y el palo central se enroscó, no sé cómo exactamente, para formar la o más redonda que se haya visto. otras desaparecieron sin dejar siquiera el surco que sobre el papel deja un lápiz afilado. las menos se quedaron donde estaban o simplemente cambiaron de sitio, pero su, quizá, mejor poema de amor no era ya más que un campo de minas de dolor y de olvido. minas que detonaban en cuanto las leía y lo dejaron casi muerto. a javier. al alba.

Foto de Jano De Cesare.

Friday, 15 February 2008

Morir en Escábilo (II)

Ana Tema, emperatriz constelada de una herencia solar; Ana Arca, generatriz orática, álveo lábil del Nilo de los desheredados.

Buscándose a sí mismas y la una a la otra en un “hasta que encuentre un sentido a todo, falso o no, deja que piense que me has destrozado la vida” enfermizo. Eran el paradigma de pareja de anas, dos asesinas muy poco humanas bien conocidas. Últimamente apenas necesitaban matar a nadie, solo anunciaban su objetivo y éste aparecía muerto por voluntad propia en unas horas. Su eficacia nunca ha sido puesta en entredicho por alguien que no sea un fiambre hoy. Mataron juntas a 1533 personas en 10 años. Muchos encargos míos, muchos cerdos, muchas cerdas y algunas amantes.

Se están mirando a los ojos en Plaza Boel, yo en mi azotea. La gente sabe que no debe salir a la calle en unas horas. No va a pasar nada, pero una distracción en el duelo equilibrado de mis anas asesinas no es deseable en ningún caso. Tema es más sutil, tiene más recursos en la distancia mientras Arca ganaría siempre en un cuerpo a cuerpo, poco probable todavía. Entonces veo a dos personas paseando tranquilamente por la plaza. No debían estar allí, pobre Malios. Miro al cielo y rezo, apunto y disparo...

Me ha llegado la hora. Ajusto el dedo del chico en el gatillo, pero no va a tener fuerza para accionarlo. Empujo entonces su pequeño dedo y, por fin, mi pistola expulsa la bala que me está atravesando el cráneo y que me ha dejado un agujero irreparable entre los ojos. Ya muertos, nos cogemos de la mano y caminamos juntos hacia casa, advirtiendo con gestos simples a las anas que no es hora de duelos ni de celos. La plaza queda vacía con un charquito menguante de sangre.

Foto de Compound Eye

Sunday, 3 February 2008

Morir en Escábilo (I)

Les invito a imaginar esta mañana luciente y ardiente como otro de tantos días oscuros y gélidos en la aceitosa ciudad de Escábilo. Eternamente rubio, Malios pasea cogido por la mano de su madre. Su papaíto murió hace algunos años, con cincuenta y dos hierbas, vía enfermedad cardíaca porque en el mundo no hay conciencia sentada; si la hubiera, habría muerto menos fulminante y quedamente. Malios, sin embargo, es un joven proporcionado: cauteloso y circunspecto, instruido y preclaro... todo lo que una dama escabilien soñaría. Ella siempre me pareció una fulana, o siempre lo fue, obligada por el gatillo de su marido. El viento, suave y apacible, dulce céfiro, columpia las hojas de los árboles e incluso los deja huérfanos de su abrigo. Púber y Explorada pasean espectrales en tanto yo los observo, vista impresionista, desde la azotea de un edificio cercano. Miro al cielo y rezo, apunto y disparo. Compruebo que el niño está muriendo: yace sobre la Tierra, su sangre brota todavía, su cuerpo, en blanco y negro, trepida, dice te quiero a su mamá...

Soy Boel Tasbiri. Joven, pero he olvidado las canciones de campamento, me siento como un metal quebrado, viejo y oxidado que envejece y se oxida olvidado como las canciones de campamento. Soy menos valle que colina y más cometa que planeta, más siniestro que diestro y menos tumba que clavel. Viví donde nací para morir plácidamente.

Ahora caminaré hacia el parque para saludar y despedir a la pareja. Me presentaré a la madre como el asesino y la consolaré. Malios me insultará, esputo con sangre, y lanzará una patada contra mi rodilla. Entonces acertaré que no merezco vivir: me arrodillaré ante Malios y le susurraré al oído. Con mi ayuda logrará que una bala, antes contigua a la que lo atravesó a él, surque la testa de su asesino. Moriremos, abrazados, ab intestato.

Foto de Paulo Barcellos Jr.

Thursday, 27 December 2007

Complejo de Perseo

Situémonos en el 26 de enero de 2006, jueves. Como todas las noches de enero, esta era fría, una noche de esas que uno pasaría en casa mejor que en cualquier otro sitio. Yo lo habría hecho, pero hay fuerzas contra las que uno no puede luchar, entre ellas la de NGC 224, Andrómeda, que no es una galaxia espiral por casualidad. Complejo de Perseo, lo llamé.

Venía de matar a la infame Medusa, maldita gorgona embarazada cuya mirada a un punto estuvo de petrificarme. Agarrada su cabeza por las viperinas serpientes que tenía por cabellera, esa noche volé a lomos de Pegaso, lo único bueno que nacería de Medusa, más blanco que nunca y más rápido. El movimiento frenético de sus patas mientras volaba hipnotizó a quienes nos miraron. Algunos incluso se arrodillaron y suplicaron por sus vidas, ignorantes de que ese día sería benefactor de princesas y verdugo sólo por buena causa.

A lo lejos vi, qué belleza, a la futura madre de mis hijos, horriblemente encadenada a una roca junto al mar, toda desnuda, entregada contra su voluntad a Ceto, un despreciable monstruo marino. Mi enamoramiento, repentino pero sincero y profundo, me obligó a descender a la playa, donde hablé de mi amor a Casiopea y Cefeo para acabar rogándoles la mano de su hija. Las predicciones del oráculo de Amón les hicieron dudar hasta que les convencí de que mataría a Ceto y la haría libre para siempre.

Gracias a las propiedades de la cabeza de la gorgona, pude cumplir mi promesa: aquel monstruo quedó reducido a simple coral. Desaté a Andrómeda con la destreza que merecía el momento y nos habríamos casado entonces si Casiopea no hubiese prometido la mano de su hija al príncipe Agenor, que se presentó con su séquito interrumpiendo la boda. Pero mi amor no entendía de príncipes ni de séquitos y lleno de rabia petrifiqué a todos menos a Agenor, que renunció a Andrómeda, como debía.

Entonces, como si nada hubiese pasado, nos casamos felizmente y ahora vivimos juntos en el cielo del Norte.

Saturday, 8 December 2007

Amor siamés (y IX)

Las pesadillas se suceden, tiene miedo a dormir, tiene miedo a encender el televisor, tiene miedo a contestar al teléfono y tiene miedo a abrir el buzón y recoger la correspondencia. La suerte está echada. Cada vez muere más gente del bando del amado. Hoy le duele especialmente el corazón.

Él observa la llegada de un soldado enemigo. Sabe lo que viene después. Los van asesinando uno a uno y ahora le toca a Él. Nada que hacer. Lágrimas. Ella siente la escena a miles de kilómetros, casi como si estuviera allí. No podrá olvidar esta fecha.

Llamada telefónica: «Dígame». La espera ha terminado, y la agonía. El amado ha muerto, la misión de rescate falló. Los que podían salvarlo fallaron. El perro está mejor, no tenía nada grave. No quedan lágrimas en sus ojos. No puede gritar. Cuelga. El encuentro utópico, las oraciones, las fantasías en el aire, nada, todo ha fallado. La espera eterna del que nunca retornará. El sol no correspondió como debía a la sonrisa de una amante esperanzada. Jamás le dedicará otra sonrisa. Se toma un flan y reza por su alma, a pesar de todo. No quiere vivir, pero no quiere abandonar la vida que le dio y quitó todo, que le dio y quitó a Él. Vivían en una cápsula. Él tenía la llave, pero la llevó consigo y ya no podrá salir. Finalmente se acostó y murió en la cama treinta años después, de artrosis en el alma. La ropa seguía en el suelo y los cubiertos y el trozo de flan del amado sobre la mesa. Sus nombres no importan. La historia se repite.

Wednesday, 5 December 2007

Amor siamés (VIII)

El cielo está nublado. Va a comprar un par de cosas. No tiene amigos, se apoyaban mutuamente y ahora los dos han caído. La simbiosis se ha roto. Ve a una pareja de ancianos paseando de la mano. No hablan, cada uno piensa en lo suyo, pero se quieren y se tienen, al fin y al cabo.

Cuando llega a casa saluda a una vecina. Le gustaría hablar con ella, contarle sus temores, pero seguramente ni siquiera le importen. Escribe una carta al amado, una carta que Él debería leer en su regreso. Le cuenta todos sus pensamientos, sus temores, su soledad. En realidad, más que para que Él la lea, la escribe para desahogarse, para no explotar en el momento final.

Él escribe otra carta. Se complementan. Conoce su destino, de modo que es una carta de despedida. Sabe que no la leerá, pero... la escribe para desahogarse, como ella.

Ya no ondean estrellas y bandas, que junto a la esperanza de los amados caen ineludiblemente sobre las húmedas, ásperas y finísimas arenas movedizas orientales.

El no está bien, apenas come y bebe. Solo piensa en Ella. No tiene nada más que hacer que alimentar su deseo de verla, de escucharla, de olerla, de probarla, de unirse a Ella.

El perro está enfermo, mañana lo llevará al veterinario, a Él si lo puede salvar. ¿Quién puede salvar a su amado?

No le apetece recoger la ropa y ésta se amontona junto con los platos sucios en el hogar que los vio construir un amor sincero, basado en la libertad y el respeto. Tiene frío, Él la hubiera calentado, la hubiera arropado y le hubiera susurrado algo bonito al oído. En la calle, una gélida brisa infernal acaba con serafines y querubines.

Sunday, 2 December 2007

Amor siamés (VII)

Se arregla, se maquilla, estrena falda y botas. Hoy va a salir, hoy paréntesis, hoy revolución. Quiere vivir y dibujar con silbidos fantasías en el aire. Lleva mucho tiempo encerrada en las cuatro paredes que vieron partir al amado hacia aquella olla a presión. Va a manifestarse contra la guerra que la intenta hundir, contra la guerra que arrestó a su amado. Contra la guerra que apagará su fulgor transformado ya en ascuas. Hoy no fumará tabaco. Vuelve a casa pero de nuevo recuerda melancólica esas noches en casa, con Él.

Observa un álbum de fotos. Lágrimas. Cena en silencio, con la mirada perdida. Mira por la ventana, el cielo azul deja ver la silueta de la luna. ¿Seguirá aguantando la bandera? ¿Seguirá aguantando el amado? ¿O quizá se haya podrido? ¿O quizá... o quizá...? Espera una nueva carta, la definitiva. Blanco o negro. Cara o cruz.

Él está todavía vivo, pero Ella no lo sabe. La recuerda, la añora, añora sus abrazos, sus caricias, su olor, su voz, su mirada, sus besos. No está solo. No están solos, en la puerta ronda un guardia sin compasión. No lo comprenden, no hablan su lengua. No saben que quiere, si es que quiere algo. Le gustaría poder llamarla y despedirse. Cree que no verá de nuevo el Sol, ni la Luna, ni a Ella.

Friday, 30 November 2007

Amor siamés (VI)

Al fin llega una carta, una carta del Gobierno. Ya casi no tiene esperanza, por qué le iban a mandar una carta. Las cartas oficiales siempre traen desgracias. La mira, no le quita ojo. Pero no quiere abrirla. Imagina el mensaje. Nunca fue optimista, de modo que prefiere esperar y aclarar sus ideas. Pasa el tiempo, de nuevo lentamente, un caracol en busca de hierba fresca. El caracol es Ella, la hierba fresca la buena noticia. ¿Y el sobre? ¿Qué representará? Por fin la va a abrir, de noche, echada en la cama, la chimenea encendida. Fuego. La madera suda en la hoguera. Ella también. Abre el sobre, extrae la carta, comienza a leer.

Llora, una nueva etapa.

No está muerto. Sigue vivo, pero no coleando, sigue el intenso amor. El rencor no es liviano, lo tienen prisionero. Han arrestado a muchos compatriotas, los liberarán a cambio de lo imposible. Solo puede confiar en la bondad nula de los oprimidos por occidente, por el egoísmo.

Llama a un número telefónico que facilitaba el comunicado. Contesta una voz dulce de mujer: «¿Qué desea?». Desea recuperar a su amado. No le dan información alguna, no la ayudan, no la apoyan, no la comprenden. No aman. Sabe que está vivo, y sin embargo, hay pocas posibilidades de que cuando lo vuelva a ver compartan un flan como antes.

Tuesday, 27 November 2007

Amor siamés (V)

Habían pasado varios meses, largos meses de invierno, de frío. Sin calor humano. Pero al fin ha llegado la buena nueva. Muchos soldados van a regresar a casa. Ahora tiene la esperanza de que haya sobrevivido. Pero quizá no. No sabe qué hacer, no sabe a quién acudir, a quién llamar. Se para a pensar, imagina un hipotético encuentro, un utópico encuentro:

Él llegaría a lo lejos cabizbajo, con una maleta en la mano izquierda y vestido de oscuro. Ella lo esperaría en la puerta, junto al perro y a las plantas marchitas. El cielo claro y los árboles en flor. Los pájaros ausentes. Silencio, aislamiento. Nadie más pasea, solo ambos, que son el centro de atención. Ambos lloran, ambos se miran. Él sigue andando, pero nunca llega. Incluso cada vez parece más lejano. El reencuentro es imposible y el sueño torna en pesadilla y Ella llora y las lágrimas se deslizan sobre su piel y hacen ruido al impactar con el suelo... Un ruido leve pero ensordecedor.

Suena el teléfono. Contesta. Habla una mujer que pregunta por el amado. Responde que no está y la mujer quiere saber si lo puede llamar en otro momento. Entonces las lágrimas se multiplican y suelta el teléfono. Cuelga y sigue llorando. Una llamada inoportuna. Debía haber sido la de la buena noticia, pero ésta, como el amado en la pesadilla, se encuentra cada vez más lejos.

Sunday, 25 November 2007

Amor siamés (IV)

Finalmente duerme a gusto. En su sueño está con Él, junto a Él, en torno a Él, enlazada a Él... Disfrutan, se aman. No quieren separarse. Es el equilibrio, realmente tan lejos y emocionalmente inseparables. Despierta y evoca el sueño, lo anota para no olvidar. Piensa qué estará haciendo, qué estará pensando, si estará pensando en Ella. O quizá esté muerto, asesinado por un palmo de texto en los futuros libros de historia. La historia no importa para Ella, sólo él. Ausente. Enciende el televisor, que la embelesa. Imagina cómo funcionará.

Sólo quiere olvidar el dolor. Dan una noticia de la guerra, está ganando el frente del amado. Está ganando, pero qué más da eso si una bala perdida lo atraviesa y se lleva su vida, su alma, su placer más profundo. No hay remedio, hay mucha muerte y seguro que le tocará a Él. Mira por la ventana. El viento corre, mueve las hojas de los árboles, que caen al suelo, que abandonan el árbol para no volver a unirse a él. Las nubes también corren, se van. Va a salir el sol, un sol tímido, un sol que augura una buena noticia a quien le corresponda con una sonrisa. Ella, por primera vez, sonríe. El sol corresponderá agradecido. El tiempo recupera su ritmo.

Friday, 23 November 2007

Amor siamés (III)

Sale de casa para dar un paseo. No sabe nada de Él, sólo que marchó a la guerra. No sabe dónde está. Si no lo matan matará; seguro que matará; seguro que morirá. Guerra, sangre, terror, sangre, guerra. Los faroles iluminan la calle, pero a Ella no la ilumina nadie. No cree en Dios. No cree nada, está vencida. Se cruza con un joven e imagina cómo será su vida. No tan triste como la suya, pero eso no importa.

Las hojas crujen en el suelo, los árboles parecen muertos. Se avecina un chubasco. Los pájaros no cantan, Ella es el corifeo. No quiere que canten. Quiere que pase el tiempo. No quiere morir, pero vivirá condenada por la vehemencia del amor, por la falta de calor. Hace frío. Llega a casa: el perro, las plantas, el flan, la chimenea. Se acuesta y cierra los ojos. Le gustaría ser arropada, esta noche soñará con el amado. Soñará que vuelve vivo, con liviano rencor, y coleando, con intenso amor.

Thursday, 22 November 2007

El amor + un sí, quiero (y V)

─ ¿Se lo diremos a doña Rosa?
─ Qué ingenuo. Seguro que a estas horas ya tiene conocimiento contrastado del tema.
─ Ya, pero le hará ilusión que se lo digamos nosotros. Quizá nos invite al café.
─ En eso estaba yo pensando.

Dos estudiantes no pueden plantearse la posibilidad de vivir juntos. No salen las cuentas, por muchas matemáticas que estudies. Así, cada uno vive felizmente en su casa con papá y mamá. Ahora estudiamos cada día en la biblioteca de la facultad. A pesar de que el bibliotecario es un tanto taimado, no nos llama la atención cuando hablamos más de la cuenta o reímos inoportunamente.

─ Anoche soñé que nos casábamos.
─ Chico, no tienes remedio.
─ ¿Es que no te haría ilusión?
─ ¿Te falta algo, corazón? Pues entonces.

Soy, palmariamente, más romántico que ella. En realidad no había soñado nada parecido, pero a veces es un buen recurso para resolver con astucia ciertas dudas y sospechas. No caí de ningún guindo, pero ella tampoco, aureolada de notable perspicacia mujeril.

─ Oye, Claudia, ¿crees en Dios?
─ No sé, ya sabes, es una de esas cosas...
─ Supongo que sí... ¿Te apetece ir al cine?
─ Claro, hay una película...

Amo esta rutina casi tanto como a ella. Espero que cuando le pida seria y formalmente que se case conmigo, responda, como aquélla vez, con un «sí, quiero».

Amor siamés (II)

Triste despedida y amorosa. Ella llora, Él la consuela, comparten un único sentimiento. Muchacho alejándose, sorteando al fingido moribundo perro normal. Los ojos rojos de ambos fijos en los del otro. El cielo oscuro, como antes, pero más amenazante. El coche aparcado cerca de allí.

Él se aleja cabizbajo, las manos en los bolsillos. Sudoroso. El viento que acaricia su faz seca las lágrimas que manan de sus ojos y fluyen sobre sus mejillas encendidas. Abre el coche, mira hacia la casita, halla de nuevo sus ojos. De nuevo brotan las lágrimas. Entra y arranca, le tiemblan las manos mientras mira los retrovisores. Tiene que esperar, se acerca un camión. Por fin se va. Vuelve por última vez la vista y por última vez ve los ojos, deduce el pensamiento, adivina las lágrimas.

Ella no lo había dejado de mirar, de admirar. Está hundida, no puede gritar el último adiós. Sudorosa. Ahora está sola. Entra en casa y nota la presencia del amado. Pone la tele pero nada puede hacer. Comienza la espera eterna del que nunca retornará.

Wednesday, 21 November 2007

El amor + un sí, quiero (IV)

Definitivamente somos pareja. La verdad es que había imaginado muchas veces ese momento, pero nunca pensé que podría ocurrir de forma tan dadivosa y, al tiempo, hollywoodiense. No pasaremos juntos más tiempo que antes, pues ya pasábamos juntos todo el tiempo posible. Si acaso, alguna noche más...

─ ¿A qué hora empezará la cena?
─ A las diez, pero tenemos que ir por la tarde para prepararlo todo.
─ Había quedado con Mateo para intercambiar unos apuntes, pero supongo que podemos quedar otro día.
─ Si no puedes... da igual, ven sólo a la cena.

Igual que siempre, no fue lo que dijo, sino cómo, con su voz mimosa y convincente. No se le puede decir que no. Habrá diecinueve personas en la cena; así que será, como suele decirse, nuestra presentación en sociedad. Espero que la sobremesa no se alargue mucho y no comparezca el inconfundible pariente que la toma con el nuevo, damnificado por el presunto gato merienda-lenguas. Como la morena de la cinta coreana.

Por otra parte, a nuestros amigos no les ha sorprendido la noticia, al parecer las cosas que pasaban entre nosotros se veían mejor desde fuera, o al menos más objetivamente. Anoche lo celebramos con ellos, pero pareció más bien una despedida perentoria que cualquier otra cosa.

─ ¿Te gusta el traje?
─ Claro que me gusta, estás exquisito.
─ Lo que estoy es un poco nervioso.
─ No deberías.

Soy, en general, un personaje calmoso y sosegado; pero Claudia, y lo que la concierne a ella, trastorna íntegramente mi orden y concierto.

La cena fue bien. Como presumía, el inconfundible familiar y el gato merienda-lenguas no se manifestaron. Todos fueron muy cordiales y se ocuparon, como debían, más de la señora de la casa que de nosotros.

Tuesday, 20 November 2007

Amor siamés (I)

¡Qué imagen! La tarde oscura, pero no lluviosa. La fila de casitas blancas perdiéndose en el inabordable horizonte. En la casa última Ella y Él llegando a la puerta. Pasan la reja verde, un tanto oxidada. En el patio, cuatro plantas lacias y un rincón de tierra sin plantar. Un perro haciéndose el muerto, un perro pardo, un perro grande, un perro noble, un perro en definitiva.

Toda avanza muy lentamente. La puerta actuaba de vórtice entre el frío otoñal, entre las hojas chamuscadas y el calor y acogimiento de la lumbre en el umbrático hogar de los amados. En la mesa de madera de la cocina un flan por terminar y cubiertos usados, todo visible bajo una sugerente luz amarilla. En el suelo, ropa. Hablan, se miran, sonríen, se miran, hablan.

Ella es una chica normal, normal en todos los aspectos, aburrida en este sentido, no especialmente bella, normal. Él es un chico normal, normal en todos los aspectos... menos uno, a saber. Todo sigue muy lento.

Monday, 19 November 2007

El amor + un sí, quiero (III)

Me llevo bien con la madre de Claudia, pero no sé si lo suficiente como para ir a su cena de cumpleaños. Es una mujer culta, de belleza clásica y talante dialogante y seductor, más incluso que el de su hija. He hablado muchas veces con ella sobre temas diversos. Todas sus opiniones son maduras, sin duda frutos de una profunda reflexión.

─ No sé, ¿estás segura de que le gustaría?
─ Claro que sí, mi madre te adora. Bromeando ha llegado a decir que si fuera más joven te pediría matrimonio.
─ Vaya, no se anda por las ramas. En ese caso dile que iré.
─ Será una noche fantástica.

Acudir a esa fiesta es un paso importante en nuestra relación. Quizá sea hora de iniciar algo más serio. Desde luego, resultaría el mejor regalo para su madre, pero dudo que fuera lo mejor para nosotros. En mi opinión, si alguna vez han nacido dos personas para ser amigos y nada más, esas somos Claudia y yo.

─ Claudia, ¿qué acaba de decir el profesor?
─ Ni lo sé ni me importa, es inaguantable.
─ No puedes ser así. Dijiste que querías empezar a venir a esta clase.
─ No mientas. ¿Te apetece tomar un café?

En el fondo me gustan sus cambios de humor, la hacen más interesante y sensual. Son esos cambios de humor en combinación con el resto de su personalidad los que hacen que tenga los mejores amigos y las peores enemigas. Es muy especial. Hay una chica con las que se lleva especialmente mal, se odian. Pero no de cualquier forma, es un odio agudizado por el hecho de que durante unos meses fueron íntimas amigas. Eran tan amigas que en aquella época me daba miedo hablar con Claudia porque era lo mismo que hablar con la otra.

─ ¿Qué crees que debería regalarle a tu madre?
─ ¿Qué tal un anillo de compromiso?
─ (Tras un ligero chisteo y una leve sonrisa.) Eso mejor para la hija.
─ Sí, quiero.

Sunday, 18 November 2007

El amor + un sí, quiero (II)

─ Buenas noches, ¿cómo llevas el examen, amada Claudia?
─ Debemos dejar de faltar a esa clase.
─ Entonces, ¿cómo saldrá adelante doña Rosa?
─ No trates de torearme, voy a suspender.

Casi todos los días dice aquello de ir a clase, pero finalmente es ella la que deserta. Por alguna razón desconocida para mí, no soporta al profesor. Prefiere escuchar a doña Rosa criticando a sus clientes de toda la vida. Luego imaginamos lo que dirá sobre nosotros y alguna vez se lo hemos preguntado, pero se hace la loca.

─ Claudia, ¿quién es esa morena que nunca habla?
─ Por Dios, Carlos, es la protagonista. No sé para qué vienes al cine.
─ ¿No quieres que venga?
─ Solo digo que no sé para qué vienes al cine.

Al margen de sus palabras, lo sabe muy bien. Normalmente no vamos a películas comerciales, solo excepcionalmente cuando se versiona alguna obra maestra como La Guerra de los Mundos o King Kong. Hacemos otra excepción de ciento a viento, cuando vienen nuestros amigos. La mayoría no soportan esas lentas películas en las que, en general, no hay tiros de ninguna clase.

─ ¿Te ha gustado la película?
─ Es maravillosa.
─ Yo no he entendido el...
─ Pero si estabas en tu mundo, como de costumbre, ¿cómo te vas a enterar?

Estos días está más irascible que de costumbre. Le pasa a menudo, cuando advierte que nuestra relación se reduce a una seca rutina sin verdadero sentido. En estos casos, le propongo algo nuevo.

─ ¿Te apetece pasar el fin de semana de excursión?
─ Me encantaría, pero tengo cena familiar el sábado. Celebramos el cumpleaños de mi madre.
─ Vaya, es una pena. Pero ya iremos otro día.
─ Lo que puedes hacer es venir a la cena, mamá comentó que le haría ilusión verte allí.

Friday, 16 November 2007

El amor + un sí, quiero (I)

─ Oye, Claudia, ¿qué opinas de la democracia?
─ No sé, está bien, ¿no? Ya sabes, el pueblo y tal...
─ Supongo que sí... ¿Te apetece ir al cine?
─ Claro, hay una película coreana con muy buena crítica.

Claudia es una chica guapa, no salimos juntos pero tenemos una relación muy íntima. Vamos mucho al cine y cada mañana faltamos a alguna clase de álgebra para tomar un café en el bar de doña Rosa, donde nos sentamos junto a la ventana para observar la fauna urbana. Ninguno tenemos pareja, pero en nuestro grupo de amigos nos consideran algo así. No nos importa, es una relación peculiar. A ella no le interesa la política, pero adora el cine de cualquier tipo. Uno de sus sueños es grabar un corto cuyo guión tiene preparado desde hace tiempo. Narra la historia de una pareja que se separa por la guerra de Vietnam. Es muy triste.

Hablamos de muchas cosas: por supuesto sobre cine, pero también sobre música, literatura, las noticias de portada del día, nuestras dudas de matemáticas, las últimas locuras de nuestros amigos, hablamos de nosotros... Me encanta hablar con ella, mirarla mientras toma su café con leche y fuma. La conozco desde el instituto, cuando ella salía con Roberto y yo con Celia. Fuimos a la misma clase dos años seguidos y ahora continuamos juntos en la facultad.

─ ¿Cómo se titula la película?
─ No lo recuerdo, pero no creo que haya muchas películas coreanas en cartelera.
─ Seguro que no. ¿Iremos a la sesión de siempre?
─ Por mí sí, pero recógeme cinco minutos antes.

Siempre nos despedimos con una mirada. Para qué vamos a complicar las cosas si estamos bien así. Lo hemos hablado muchas veces, ambos sabemos lo que siente el otro. Los demás no suelen venir con nosotros al cine porque esperan que alguno de los dos se lance y comencemos a salir definitivamente. A veces también estudiamos juntos, es muy práctico, dos mentes son más eficientes que una. Y más aún si una de ellas es de mujer.

Sunday, 11 November 2007

Un sevillano en Florencia

Italia bella. Llevábamos ya más de una semana de viaje por Italia. Habíamos visitado Génova, Sicilia, Pompeya, Nápoles y otras ciudades antes de llegar a Florencia. Dormíamos en el Camping Michelangelo, junto a una plaza con ese mismo nombre donde hay una copia de El David de Miguel Ángel. Nos quedamos allí dos días y medio con sus dos noches.

La primera mañana bajamos a Florencia, digo bajamos porque el camping estaba en una pequeña colina. Anduvimos sin rumbo aparente, pero bien estudiado, guiados por Mozúm, un páter al borde de la jubilación con energía para dejarnos atrás a todos sus alumnos. ¡Qué bonito!, vimos la Galería de la Academia, el Ponte Vecchio con sus innumerables joyerías sobre el río Arno y no sé cuántas cosas más. La tarde transcurrió igual, o parecido, y compré un librillo sobre las principales ciudades de Italia como recuerdo para mis padres. La noche fue, por el contrario, tranquila. Unos chicos intentaron convencerme de que fuera con ellos a alguna discoteca, a la que por supuesto no nos habría dejado entrar con nuestros resplandecientes dieciséis años. Yo lo pensé lentamente: "Vamos a ver, como te lo explico, llevo diez días levantándome a las siete para andar después de un rato caminando y otro a pie visitando iglesias, plazas, fuentes... Tío, déjame descansar un rato y pírate tú si quieres". Eso es lo que pensé, pero se lo dije amablemente.

La verdad es que el camping no ofrecía muchas posibilidades, pero casualmente echaban por la tele un España Italia, en serio. No recuerdo lo que pasó, creo que perdió España, pero bueno, ya se sabe, España unas veces pierde, otras empata y otras, bueno, la excepción que confirma. Después paseé un rato por el lugar mientras oía el estruendo de la música de Dream Theater, que estaba tocando esa noche en la plaza Michelangelo. Había jugando al futbolín unos chiquillos que habían puesto unos papeles en las porterías de tal forma que la bola no entraba. Fue entonces cuando otros de mi grupo y yo conocimos al Sevillano. Lo llamaré así porque no sé su nombre, aunque seguro que me lo dijo. Tenía un año más que nosotros. Era un tipo muy simpático, casi como el estereotipo de sevillano que tiene la mayoría de la gente en la testa. Solo tenía un fallo sevillanamente hablando, a saber: no parecía gustarle mucho la fiesta. Estaba de vacaciones con su familia y tenía una bici, ¡ozú!, ¡qué bici nene!. Nos explicó que lo que nos gastábamos nosotros en alcohol ─ésto lo dijo por las botellas que llevaban algunas en concreto─, él se lo gastaba en su bicicleta. Frenos de disco, amortiguadores, cuadro no sé qué y ruedas no sé cuántos, ¡la Virgen qué bici!

El tipo sevillano era ciertamente un poco extraño, no sé, una especie de Emilio, el de El guitarrista, muy callado pero alerta, atento a todo. Poco a poco, mis amigos se fueron marchando a dormir y finalmente me quedé hablando yo solo con él. Me contó que sabía hacer muchas cosas con la bici e incluso me hizo alguna exhibición.

─ Quillo, ¿dónde has aprendido eso?─ le decía con acento y todo, pues no en vano uno tiene ascendencia andalusí y se pasa por Jaén al menos una vez al año. Él me respondió que en la calle, como todos, y añadió para asombrarme o solo por humildad que de sus amigos él era el que menos virguerías hacía.

─¡Dios! ¡Mierda!, oye tío, me dejas la bici un poquillo que se me ha debido de olvidar la cartera donde los cahavalines del futbolín.

Accedió más fácilmente de lo que yo me imaginaba. La cogí, corrí y... ¡zas! Tengo excusa, era de noche y estaba agobiado por si se me habría perdido la cartera. Qué zarpazo. Todavía ahora me he mirado el hombro con angustia, me hice un rasponazo de película. Así, fui a por la cartera, no antes de comprobar que la bici estaba en perfecto estado, como no podía ser de otra forma, me lo había comido todo yo. No le comenté el accidente, y no sé si él lo sabía y se lo callaba. Aquella situación me recordaba extrañamente a las escenas en que Emilio daba parte a Don Osorio de cómo iban las clases de guitarra con Adriana. Ambos sabían lo que pasaba, pero ninguno decía nada. Ahora él era el ogro y yo el inocente Emilio. Aunque también puede ser que el Sevillano no supiera nada y yo me estaba imaginando aquello producto de la vergüenza y del cansancio.

Después nos despedimos. No sabía si lo iba a volver a ver, pero desde luego la despedida no fue nada excesiva, un hasta luego por su parte y una adiós, que te vaya bien por la mía. Fue unos días más tarde cuando reconocí que debía haberle pedido el número de móvil o el correo, pero bueno, ya no lo volví a ver y probablemente no volveré a verlo. Como diría Emilio, esa era una de esas vidas que se entrecruzan con la tuya un momento y que luego desaparecen por completo. El día siguiente fue muy aburrido: sin fútbol, sin música, sin sevillano, sin magia...